Capítulo 17: Los Hermanos Talavera
En las profundidades de la cámara de los portales, Vicario Talavera se encuentra cara a cara con quien parece ser su hermano Antonio, a quien creía muerto. El reencuentro, cargado de alivio y ternura, pronto se revela como una trampa: detrás del rostro familiar se esconde Sharkelly, un villano capaz de adoptar la apariencia y los recuerdos de sus víctimas. Atrapado entre la manipulación psicológica y una pelea brutal, Vicario es arrastrado a los recuerdos más dolorosos de su infancia: una madre alcohólica, una casa de pobreza extrema y un padre que los abandonó en el peor momento. Entre golpes, revelaciones y una defensa desesperada de la memoria de su madre, Vicario deberá reunir fuerzas para descubrir la verdadera identidad del impostor y sobrevivir al enfrentamiento, mientras en otro rincón del edificio, la vida de sus compañeros pende de un hilo.
En aquella habitación que hacía apenas unos segundos, conectaba cientos de portales, todos los caminos habían sido destruidos, cortando toda conexión entre la entrada del portal del cerro de los niños y la puerta pared que llevaba al cuarto de Erasmo.
La cámara de los portales parece ser un pozo sin fondo del que incluso los portales terminan dejando de verse, tan oscura y rodeada de aquellas paredes con neblina morada que da la sensación de volverse infinita entre más oscura se vuelve la habitación.
Sorprendentemente, cuanto más abajo te ubicas, la luz regresa de golpe y un suelo brillante color morado de cristal, muy brillante.
Ahí, en aquel suelo en medio de varios cientos de metros de caída, se encontraban cara a cara Vicario Talavera frente a su difunto hermano, Antonio Talavera.
—Vicario, que gusto verte — dijo mientras mostraba su gigantesca sonrisa de pirata, pero con tono malicioso.
—Antonio… qué es esto Antonio… — le dijo casi susurrando mientras se mantenía totalmente alerta.
Antonio Talavera abrió los brazos, mirando a su alrededor, el espacio entre ellos era grande, pero lo suficientemente opresivo para sentir que se asfixiaban en medio de ese escenario.
—Parece que es el misterioso fondo de la habitación — respondió de forma cínica. Sin embargo, el rostro de Vicario permanecía estático en su hermano.
—Tú moriste… — susurró mientras sentía como si mil navajas le atravesaran la garganta y no le dejaran expresarse con su voz. —Moriste…
—Si bueno, jaja, ¿Eso fue lo que te dijeron ellos? — respondió intentando forzar un tono más relajado —Bueno, yo me siento completito en este momento, hermanito.
Vicario no podía creerlo y un mar de emociones subieron desde su estómago hasta su pecho, que le obligaron a salir disparado contra Antonio, abrazándolo con fuerza mientras seguía tratando de contener sus lágrimas.
—Tranquilo, chico. Cuando murió mamá, te dije que no importa que tan horrible sea la tormenta, siempre sale el sol — le dijo devolviéndole el abrazo de forma casi paternal.
Vicario se sintió un poco avergonzado de abrirse de una forma que para él era infantil, por lo que se separó con brusquedad y de forma más simple, levantó su brazo, a lo que vicario lo estrechó con fuerza, pero la cara de Vicario no podía ocultar lo feliz que se sentía.
—Noté que copiaste mi bigote — le dijo de forma cómica Antonio mientras también intentaba no llorar al ver el rostro de su hermano.
—Si bueno jaja — respondió Vicario poniéndose tan rojo de la pena que su cabeza calva parecía que explotaría en cualquier momento. —Supongo que es infantil querer parecerse a tus ídolos.
Antonio volvió a abrazarlo con fuerza y esta vez, la calidez de su hermano, hizo que Vicario se rompiera por completo, comenzando a sollozar con fuerza en el pecho de su hermano, mientras sentía la presión de sus brazos y como su cariño le envolvía. La presión se volvió cada vez más fuerte y poco a poco el aire comenzó a faltarle.
La confusión entró de golpe y aún a pesar del torbellino de emociones que estaba viviendo en ese momento, puso sus manos en el pecho de Antonio para retirarlo, pero se llevó una terrible sorpresa cuando, contrario a lo que esperaría, este le abrazó con aún más fuerza y le evitó salir.
—Antonio… —Dijo haciendo un intento más por apartarse —¿Antonio qué demonios haces?
Cuando Vicario levantó su cabeza, miró como Antonio Talavera conservaba una sonrisa macabra mientras observaba a los ojos de su hermano, pero antes de que el miedo pudiera dominarlo, se percató de que uno de los ojos de su hermano, se comenzó a teñir de rojo.
—Desgraciado. ¡Tú no eres mi hermano! — le gritó con rabia intentando zafarse de la situación en la que se encontraba, pero no podía, la fuerza de Antonio era mayor.
—Vamos, Vicario, soy yo, ¿Acaso no me reconoces? — le respondió Antonio, esta vez cambiando su tono a uno más burlesco.
—¿Y sabes que es lo mejor?... Que nunca podrás soltarte. Nunca pudiste… y ahora que mueras, nunca podrás — Le dijo en el instante en que ambos rojos del hombre tornaron su iris de un color rojo carmesí.
Vicario se resistía a la presión con todas sus fuerzas, pero poco a poco sentía cómo el aire le faltaba y los huesos de su torso comenzaban a ceder, pero la presión de descubrir porque aquello que estaba frente a él, tenía la forma de su hermano, no podía rendirse.
Con los ojos miró a su alrededor, miró al frente y finalmente, miró a su hermano de vuelta. Por la misma pérdida de oxígeno, comenzó a alucinar, lo que hizo que tuviera una hiperfijación por una cicatriz que tenía Antonio que rodeaba su nariz y de pronto el recuerdo le llegó.
En su mente se dibujó el recuerdo breve de una vez que fue a la comisaría por Antonio, ambos eran Jóvenes y este último había cometido un delito menor, pero estaba esposado.
El recuerdo avanzó rápidamente a verlo a través de la ventana de la comisaría, esposado y tratando de quitarse las esposas a como diera lugar, su mente se quedó clavada en la forma de las esposas, arrugando la piel, pero nunca rompiéndose, permaneciendo inamovibles, entonces, recordó su propio traje.
Con sus últimas fuerzas, apretó la hebilla de su cinturón y de pronto, su traje volvió a la forma de su cuerpo, Antonio lo miró confundido y trató de presionar aún más, consiguiendo solamente apretar sus brazos más no su cuerpo.
—¿Qué demonios hiciste? — preguntó confundido mientras optaba por presionar para romperle los brazos.
Sin decir una sola palabra, usó sus manos para tirar de su cordón, consiguiendo que su traje se inflara de golpe, impactando a Antonio que finalmente lo soltó. Vicario salió volando, consiguiendo por fin ganar distancia de la situación en que se encontraba.
Antonio se quedó aturdido por el golpe y ligeramente pasmado. Levantó la mirada, confundido, pero entonces, sacó de la gigantesca gabardina color negro de su traje un frasco con unas cuantas pastillas. Tras aventarse varias a la boca, las pupilas de sus ojos se dilataron, volviendo al característico color azul que siempre tuvieron y esbozó una sonrisa.
—¡Maravillosas las cosas que se pueden hacer con las mejoras de los trajes! — comenzó diciendo con arrogancia.
Algo en el cambio de actitud y las pastillas le resultó extraño a Vicario, quien le siguió mirando con enfado, aunque priorizando el conservar la calma para no dejarse llevar de nuevo por sus emociones.
—¿Osea que no sabías lo que podíamos hacer con nuestros trajes? — preguntó de forma arriesgada Vicario.
Antonio trató de mantener la arrogancia, pero le resultó complicado al sentirse golpeado por una pregunta incómoda. Aún así, le lanzó una mirada desafiante y sacó otro frasco de pastillas para echarse unas cuantas más a la boca.
—Si yo no recordara… ¿Podría hacer esto? — dijo antes de tirar de un cordón similar que colgaba levemente de su muñeca. En el momento, su puño se endureció de la misma manera en que lo hizo el traje de Vicario.
Este se sorprendió por un momento, pero la intriga le hizo recomponer su postura de nueva forma, lo que sin saberlo le ayudó, pues a toda velocidad, Antonio salió disparado para golpearlo con su puño endurecido.
Vicario presionó por poco el botón de su cinturón,consiguiendo así que el impacto se disipara en su traje, pero sintiendo una fuerte presión en el pecho que le obligó a retroceder mientras Antonio intentaba avanzar de forma decidida.
—Siempre a mi sobra, tratando de imitar todo lo que hago — le atacó mientras golpeaba la pared tras acorralarlo y que Vicario se alcanzara a esquivar.
—Nunca traté de imitarte, tu guante era bueno para tu estrategia de ataque, pero para mi era mejor en defensa — Vicario se sentía frustrado y confundido, ya que una parte de él le gritaba que ese no era su hermano, sin embargo, el sólo hecho de tener ese rostro que tanto admiraba, atacándole de aquella manera, le rompía el corazón.
—Eso no es lo que pensaba mamá, ¿Sabes que cuando nos veía a los dos, siempre le cambiaba el rostro al verte? — Vicario continuaba tratando de hacer efectiva su estrategia de golpear con su guante endurecido.
Vicario ya se había acostumbrado al ritmo al que peleaba Antonio, así que esquivar le resultaba cada vez más fácil, lo que le daba más momentos a su mente para procesar lo sucedido.
—Mamá nos cuidó hasta el último momento… a los dos… — decía mientras esquivaba los golpes, pero de pronto una ira inundó su cuerpo y aprovechando una breve apertura que dejó Antonio, golpeó con todas sus fuerzas a su barbilla —¡A los dos por igual!
Antonio retrocedió para ganar un poco de distancia y al ver que finalmente su hermano lo había alcanzado y al quedarse sin ideas, volvió a sacar su frasco y tomar un par de pastillas, las cuales no sólo agudizaron de nueva cuenta sus sentidos, sino que recordó aún más cosas, dibujando una malévola sonrisa en su rostro.
—Ambos sabemos que eso no fue cierto… — dijo mientras se incorporaba y sacaba de su gabardina una pistola de gancho, esta tenía una boquilla en la punta, que Antonio rellenó con una punta de garfio que sacó de una bolsa de su cinturón.
—Ella nunca le vio sentido a Peter Pan, ¿Sabes?... Me confesó una vez… ebria… — Sus pausas no eran cuidadosas, sino calculadas, disfrutando cada gesto que hacía Vicario.
—Detente, tú sabes que ella decía estupideces cuando tomaba… — respondió Antonio apretando los dientes.
—Osea, ¿Siempre? JAJAJA — soltó una risa tan escandalosa que por un momento se sintió a sí mismo como un pirata de verdad. —Aceptalo hermanito, no puedes seguir idealizando a esa mujer solo por no abandonarnos como lo hizo nuestro queridísimo padre.
Vicario se llenaba de tanta rabia que comenzaba a olvidar que ese hombre enfrente de él tenía el rostro y la información de su hermano, comenzó a verlo enteramente como una amenaza.
—Ebria todos los días, decepcionada de tí pero maravillada porque su hijo… el garfio — dijo mostrando su arma apuntando a Vicario —Si podría darle una mejor vida, podría sacarnos a todos adelante.
—Me confesó una vez… que para ella Garfio siempre debió ganar porque era más fuerte, más astuto, más… pirata. En cambio, su pequeño Peter Pan solo pensaba en ser un niño.
Vicario tuvo un fuerte golpe de nostalgia, recordó cómo en cada noche durante su infancia, le gustaba escuchar historias y leer libros sobre Peter Pan, jugando con su hermano a ser Peter y Garfio.
—Ella siempre amó a Peter Pan… nos contaba todo lo que sabía, ella… ella jugaba con nosotros — La rabia en su voz crecía a cada momento.
—Ella… Ella no tenía forma de ocultar lo pobres que éramos y lo único que encontró fueron unos estúpidos libros que encontró en la basura.
Vicario hacía todo lo posible por no escuchar lo que su hermano le decía, pero al mismo tiempo no podía evitar comparar sus recuerdos con lo que le decía; el recuerdo de su madre buscando sobre la basura, la mesa de madera podrida siempre vacía y su casa construida con trozos de madera, bolsas y un techo donde casi cada teja era diferente.
Sin darse cuenta, Vicario bajó la guardia y mientras los recuerdos dibujaban una imagen mental en su cabeza de su infancia junto a su hermano, todo fue interrumpido al comerse un golpe tan fuerte que lo lanzó a varios metros de Antonio.
El golpe casi lo deja inconsciente, pero entre más se desconectaba del mundo, más se adentraba en aquella vida que todo el tiempo se le había escapado sin darse cuenta.
—¡Arrggg! — escuchó un gruñido pirata, era la voz de Antonio cuando tenía apenas 10 años.
Vicario levantó rápidamente la cabeza, se encontró de nuevo en aquel sitio donde creció, el suelo de tierra, el techo de tejas y las paredes de madera quebradizas, pero sobre todo aquella sensación que le hizo sobrecogerse por un instante, la sensación de volver a casa.
Se presionó la mano contra el pecho y no pudo evitar avanzar, aunque con cautela, por aquellos cuartos sin pasillos que formaban aquella casa. Tocó con nostalgia la mesa de madera vieja sobre la cual comía cuando era niño y al fondo vislumbró la luz de la vela que solían usar para iluminar su cuarto antes de dormir.
—¡No podrás vencerme, Peter, ahora yo tengo el poder! — frase que instantáneamente le hizo recordar las peleas con Antonio cuando eran niños, por lo que se asomó rápidamente.
Se miró a sí mismo de niño, peleando con Antonio, ambos con espadas de cartón viejo y Vicario con un pequeño gorro color verde de Peter Pan. Al fondo observó una figura acostada sobre su propia cama, la cual identificó como su madre.
—¿Crees en las hadas? Si crees, ¡Aplaude! — gritó Vicario antes de aplaudir con emoción.
—¡Oh no, Hadas! — gritó Antonio antes de fingir ser golpeado por hadas invisibles y dejarse caer sobre el colchón viejo sobre el que dormían.
Vicario miró con ternura como su versión infantil gritaba y aplaudía con emoción, hasta que la figura de su madre emitió un gemido, un quejido, que rápidamente hizo sobresaltarse a los dos niños, quienes se ocultaron al borde de la cama.
—Es tic tac… — dijo el pequeño Vicario con temor, tratando de aliviar la tensión.
Aquella sombra se giró, dejando caer una botella de alcohol barato, abriendo lentamente los ojos, solo para poner cara de dolor al ver la luz de la vela.
—Apaguen esa chingadera y ya cállense — dijo con coraje la mujer apuntando a la pequeña llama que iluminaba la habitación.
—¡Pero mamá, mira vencí a Garfio! — dijo el pequeño Vicario acercándose con emoción a su madre.
—¡Que te calles! — gritó aquella mujer con un odio en su voz y una intensidad que sacó a Vicario del recuerdo, solo para darse cuenta que no fue el grito, sino el puño de Antonio sobre su rostro.
Sin dejarlo descansar, Antonio apuntó su pistola de garfio y disparó, fallando el tiro, pero clavándolo sobre la pared y tirando de sí mismo para propinarle un segundo golpe contra la pared que le hizo sentir que todo daba vueltas, cómo si se le estuviera derritiendo el cerebro.
A pesar de ver todo envuelto de manchas negras, pudo observar el rostro de Antonio, quien buscaba con apuro en su traje su frasco de pastillas, miró en él unos puntiagudos dientes y aquellos ojos color rojo que finalmente le permitieron conectar su identidad.
—Shar… k… elly… — dijo antes de tomarlo del tobillo con sus últimas fuerzas.
El villano no escuchó y simplemente terminó por encontrar el frasco y tomar otra de esas píldoras color crema que le devolvían la forma de Antonio Talavera.
Vicario regresó a aquella acogedora casa, salvo que esta vez, encontró la mesa de madera totalmente destrozada, en trozos cuarteados por la resequedad y longevidad de la madera, las bases de cajas de madera que funcionaban como paredes estaban por todo el suelo y caminando rumbo a la habitación donde su recuerdo previo le mostró que jugaba con Antonio a ser Peter Pan y Garfio, había caído tal y como lo demás.
—¡Mamá! — gritó el hombre mirando al suelo, ahí yacía su madre boca abajo, en el suelo, en medio de un charco gigantesco de sangre.
Vicario se lanzó corriendo y movió el cuerpo, dándole la vuelta, solo para ver que sobre sus manos sostenía el cuchillo que estaba clavado justo en su pecho, pero lo que verdaderamente sorprendió a Vicario, no fue la forma en que murió su madre, sino la expresión que tenía en su rostro, una expresión cargada de un profundo enojo y lo que el entendió como resentimiento.
—¿Va a estar bien? — preguntó la voz de un niño, que al girar, rápidamente entendió que era el mismo en su versión infantil.
Vicario no supo que responder y tal y como lo hacía el Vicario niño, se puso a buscar con la mirada a su hermano, quien lo tenía abrazado, juntos, los dos arrinconados en una esquina.
—¡Se volvió loca! — Comenzó hablando Antonio de niño —Intentó matar a mi hermanito, lo persiguió con un cuchillo por toda la casa y luego… yo… — dijo tragando saliva mientras comenzaba a agitarse. —Ella tropezó con mi pierna y cayó, pero ya no se levanta.
Entonces Vicario comprendió exactamente en que recuerdo había quedado atrapado, se dio cuenta que llevaba demasiado tiempo sin decir una sola palabra coherente, más allá de los reclamos para defender a su madre, a esa mujer que un recuerdo le había hecho recordar su verdadera naturaleza, por lo que se puso de pie y caminó hasta esos dos niños en la esquina que lo veían con miedo.
—Escucha… Vicario… esta mujer de ahí… esa maldita mujer… — comenzó diciendo con rencor, pero se detuvo para tragar saliva, pues comprendía que eso no era lo que realmente tenía que decir.
—Esa mujer te ha dado todo… a pesar de no querer o no entender lo que realmente tiene que hacer, lo ha hecho todo, todo por mantenerlos bien. — dijo esta vez intentando sonreir un poco, ignorando mentalmente el hecho de que su cadáver estaba justo detrás.
Por un momento el recuerdo de aquel grito que le soltó en su recuerdo anterior, antes de despertar, le pasó por la mente, aquel alcoholismo que por tanto tiempo trató de ocultar de su mente y ahora mismo le era tan presente que no podía ignorarlo.
—Cómo todos los adultos… ella tenía demonios, trató y trató de pelear con ellos, pero no pudo… aún así, ella es nuestra madre, ella… será el recuerdo más bello que tengas de tu infancia, falso, pero será el recuerdo que te mantenga fuerte y el recuerdo que los mantenga unidos a ustedes dos — les dijo notando como sus lágrimas rodaban por su mejilla, tomando de la cabeza a los dos.
Vicario no pudo evitar sentir que el corazón le explotaba y entonces, los abrazó, lo cual ocasionó que aquel momento se difuminara por completo.
Vicario regresó a aquel momento, aquel recuerdo, pero tal y como fue en su momento, vieron como un hombre, la silueta de un hombre, entraba a la casa al tiempo que un fuerte relampagueo iluminaba su rostro.
Vicario lo reconoció, pero no tuvo tiempo de decirle nada, pues su preocupación se trasladó al cuerpo de su madre en el momento en que aquel hombre se agachaba para ver el estado del cuerpo, para finalmente voltearlos a ver y en vez de acercarse a ellos como lo hizo Vicario, el hombre salía corriendo, abandonando a los niños.
Vicario intentó gritar, pero el shock en ese momento era tanto, que ninguna expresión salía de su boca, en su lugar, Antonio lo abrazó con fuerza y le dijo.
—Hermanito, no llores hermanito, no importa que tan fuerte sea la tormenta… siempre sale el sol — le contestó Antonio, quien también estaba llorando con todas sus fuerzas, a lo que vicario le abrazó con todas sus fuerzas.
Sin darse cuenta, Vicario, bajo el mismo gesto de abrazar a su hermano, despertó de nuevo, esta vez abrazando el cuello de Sharkelly con el cuerpo de Antonio, quien lo tenía cargado mientras subía por el muro de la habitación, tratando de llegar al extremo que llevaba hasta la pared-puerta mágica.
Vicario miró hacia atrás, observó el portal por el que había entrado a lo alto del otro extremo de aquella habitación semicircular y con todas sus fuerzas comenzó a apretar el cuello de Antonio, el cual estaba escalando clavando los guantes endurecidos sobre la pared con todas sus fuerzas, pero al sentir el apretón, sonrió con confianza.
—Así que ya despertaste… hermanito — le dijo con arrogancia.
—No me vuelvas a llamar así, desgraciado… — le dijo totalmente enfurecido. —Eres un maldito, verdad, ¿Sharkelly?
El villano se sintió totalmente desprevenido, pero no se dejó inmutar por el descubrimiento de su identidad, por lo que simplemente recuperó su arrogante sonrisa, tomó a Vicario con una mano para clavarlo de golpe contra la pared.
Vicario se aferró a la pared cuando sintió que el villano lo soltaba y miró como esta vez sacó el frasco de pastillas, que ya quedaba poco menos de la mitad y lo dejó caer al precipicio de aquella habitación.
—Así que lo sabes… — se limitó a decir mirando a Vicario a los ojos mientras los suyos volvían a tener ese tono rojo carmesí.
—Y nada de lo que me digas me hará perder la cabeza de nuevo.. . Kelly — le respondió tratando de abalanzarse contra el villano, solo para que este se quitara de su camino.
Vicario alcanzó a tomarle del brazo y empezó a tirar de él tratando de hacer que ambos se cayeran, cosa que por primera vez alarmó a Sharkelly.
—¡Qué haces idiota! ¿Quieres morir como tu madre? — le respondió, pero Vicario simplemente ya no respondió a las provocaciones.
Ambos cayeron varios metros al suelo, Vicario volvió a tirar del cordón de su traje, esta vez con más fuerza mientras se colocaba en posición fetal, para caer cual meteorito al suelo, arrojando escombros al aire, pero intacto, pues su traje endurecido le había protegido.
Caso contrario el de Sharkelly quien simplemente estampó contra el suelo de golpe, sin protección más que sus manos endurecidas que no ayudaron en nada, estampando el rostro y el cuerpo.
Ambos se levantaron adoloridos por la caída, Vicario se tronó los huesos del cuello antes de ponerse de nuevo en posición de pelea, pero Sharkelly, quien cayó con la mitad de la cara, había destruido su disfraz de antonio por completo y regado los objetos de su traje por todo el suelo.
El villano ahora lucía un traje de la OIPS parecido al de un pirata, pero un rostro que mostraba la mitad de la cara como Antonio Talavera, solo que con un tono verdoso y en descomposición, con un ojo totalmente blanco, al tiempo que el otro lado de su rostro reflejaba una piel grisácea, unos ojos totalmente negros con una pupila rojo carmesí en medio y unos dientes en forma punteaguda.
—Maldito hijo de… perra — le dijo Jadeando mientras partes del rostro de Antonio seguían cayendo de él.
Antonio lo miró con cierta impresión y con un poco de asco, pero no se permitió mostrarle más emociones a su enemigo.
—¿Por qué sabes de él?... porqué… ¡¿Por qué te transformas en él?! — Le preguntó entre gritos que contenían aún más rabia.
Sharkelly sacó rápidamente la pistola con punta de garfio de su gabardina y la arrojó tratando de enganchar a Vicario, pero fallando en el intento dada su desesperación.
Vicario tomó del cordón y lo jaló hacia él, haciéndolo volar, cosa que aprovechó para correr hacia Sharkelly y frenarlo con un golpe de puño cerrado, justo en el lado que aún conservaba el rostro de su hermano.
Sharkelly cayó en seco al suelo, agarrándose del suelo mientras intentaba fingir una risa, sólo que más que risa, parecía toser por el golpe.
—Pregúntale… aghh… —Interrumpió su monólogo por una explosión que escuchó, pero no pudo localizar el origen. —Pregúntale a los imbéciles de tu organización jeje — le dijo mostrando ambos ojos en su tono carmesí totalmente al descubierto.
Vicario titubeó por un momento, pues en su mente las piezas entre las pastillas, la forma de su hermano y Sidney conectaron.
Sharkelly no fue corto ni perezoso, pues aprovechó esa pequeña brecha para abalanzarse contra Vicario y golpearlo en el estómago de la misma forma en que había herido a Raymundo unas cuantas semanas atrás, pero a diferencia del chico, Vicario tomó del brazo a Sharkelly, evitando salir volando una vez más.
—Tú… aghhh… lo recogiste… — le dijo Vicario mientras de su boca escurría un charco de sangre.
Sharkelly miró la sangre y no pudo evitar relamerse los labios del antojo, por lo que usó todas sus fuerzas para mover su cuerpo y clavar a Antonio en el suelo.
—Su aspecto era peculiar… y comí un solo dedo… estaba cargado de recuerdos… — le dijo de forma malévola. —Le pedí a estos magos que me hicieran pastillas de un hombre tan peculiar, pero no creí que tuviera que usar tantas con un estúpido y arrogante humano cómo tú…
Vicario relajó su mirada, se veía más confiado pese a estar perdiendo muchísima sangre por su boca y sus oídos, pero aún así, le sostuvo la mirada al villano. Sharkelly se sintió atacado por esto, dejó caer más su cuerpo.
—Sabes… nada de lo que dije era mentira… tu estúpido hermano te veía como un inferior — le dijo tratando de borrarle la sonrisa a Vicario, pero este no se inmutaba.
—Desde el momento en que te vi, supe que los sentimientos de aquel hombre que me comía en cada pastilla eran tan profundos que no pude evitar ir a por tí… hermanito — siguió tratando, pero aquella mirada de dolor y confusión que disfrutaba hace unos momentos ya no aparecía de nuevo.
—¡Contesta! — le gritó a Vicario para después soltar un gruñido parecido al de un tigre, pero aún así, siguió sin conseguir reacción del hombre, quien solamente miraba arriba con una sonrisa triunfal.
—¿Has cazado tiburones? — le preguntó de forma totalmente aleatoria, cosa la cual dejó atónito a Sharkelly, quién confundido estuvo a punto de preguntarle de que hablaba… pero su mente conectó antes las ideas.
Sharkelly miró al suelo desesperadamente buscando, hasta que reaccionó y miró en las manos de vicario su pistola de gancho, pero su miedo incrementó, cuando miró justo al lado suyo, en el suelo, la punta de garfio.
—¿Qué hicis… — gritó Sharkelly antes de mirar hacia arriba, guiándose por la trayectora de la cuerda y recibir de lleno un arpón que le atravesó desde las fosas nasales hasta su cabeza, saliéndo la punta incluso con un trozo de cerebro.
Sharkelly murió en el acto, hincado y encima de su contrincante, quedando totalmente rígido en esa posición, lo que le dificultó a Vicario salir para poder incorporarse nuevamente.
—Tu arrogancia y tu desesperación por… placer de hacer sufrir… —dijo esta última frase con asco. —fue tanta que me dijiste todo lo que quise — le dijo al cadaver de kelly antes de escupirle en la cara.
Vicario buscó por el piso alguna punta que le sirviera mientras tomaba de vuelta aquella pistola con varias puntas. Finalmente encontró una con punta de ganchos bastante afilados, por lo que la tomó y comprobó en varias paredes que se clavaba bastante bien, para después subir de nuevo a la superficie, yendo rumbo al portal.
—¡Cynthia! — escuchó un grito, era Raymundo, entonces recordó que antes de caer al precipicio con Sharkelly, había estado persiguiendo a Raymundo por tratar de salvar a su compañera.
Vicario sintió vergüenza al pensar en que, el joven al que veía como su pupilo, se había aventurado para salvar a su amiga, en cambio él, estaba a punto de cruzar el portal donde le aguardaban superhéroes y más villanos, por lo que se dio la vuelta y lanzó de nuevo el gancho para atravesar la pared.
Vicario atravesó la pared y cayó en el mismo pasillo que Raymundo, solo que este alcanzó a ver como su compañero cruzaba una puerta corriendo, lo cual encendió todos sus instintos de alerta y le hizo atravesar corriendo el camino hasta cruzar la puerta también.
Del otro lado se encontraban una chica que no reconocía, Raymundo y al frente suyo Erasmo sosteniendo del cuello a Cynthia, mientras uno de los clones de Múltiple le apuntaba a la cabeza con una pistola.
—¡Señor Vicario! — gritó Raymundo, a lo que fue interrumpido por el click de la pistola que accionó después un disparo.
—¡Cynthia!
Fin.